Querétaro 2027: cuando la sucesión ya se juega en Palacio Nacional
En política, cuando todos dicen que “se están adelantando los tiempos”, conviene hacer una traducción honesta: no es que estén trabajando más, es que están compitiendo antes. Querétaro no es la excepción. Hoy, actores de todos los partidos están menos concentrados en gobernar y más enfocados en algo muy concreto: ser los elegidos del próximo proceso electoral.
Se insiste desde algunos espacios que las elecciones están “arregladas”. La realidad es más compleja y menos escandalosa. No hay un arreglo previo, pero sí hay una disputa abierta por la legitimación del poder presidencial. Y ese es el verdadero fondo del asunto.
Claudia Sheinbaum enfrenta un reto que su antecesor tuvo en su momento en la misma dimensión: deberá cargar con la responsabilidad directa de colocar candidatos propios, tanto en gubernaturas como en el Congreso de la Unión. De ello depende no solo su proyecto político, sino su gobernabilidad real en la segunda mitad del sexenio. Mayorías legislativas, aliados territoriales y capacidad de negociación no se improvisan.
Por eso la reforma electoral se ha convertido en una pieza central del tablero. No se trata únicamente de modificar reglas técnicas, sino de definir las condiciones bajo las cuales se competirá por el poder. Son las reglas que la presidenta propone, pero que solo funcionarán si su bloque político se mantiene cohesionado.
En Querétaro, el escenario es particularmente interesante. Morena aún no define a su candidato, están lejos de ello, y esa decisión será clave para entender el nivel de interés que tiene la presidenta en gobernar la entidad. No es lo mismo apostar todo por una victoria de la 4T que optar por una relación de coordinación con un eventual gobierno panista que garantice gobernabilidad y acuerdos.
Aquí aparece una paradoja: el PAN gobierna Querétaro, pero en muchos momentos actúa como oposición frontal al gobierno federal. Aspirantes como Agustín Dorantes han hecho de la crítica al sistema de salud su bandera, mientras que Felifer Macías ha encontrado en la obra del tren un flanco constante de ataque. En política, la confrontación permanente suele tener costos, sobre todo cuando se depende de la interlocución federal.
Los gestos también importan. En el Teatro de la República, durante la visita presidencial, hubo intentos —según versiones— de reposicionar a figuras como Luis Nava en un lugar más visible, incluso de acercarlo a la presidenta. No ocurrió. No por descuido, sino por cálculo. En estos momentos, cada señal cuenta, y nadie quiere mandar mensajes anticipados.
Dentro del PAN, la tensión tampoco es menor. Mauricio Kuri ha insistido públicamente en que no será él quien defina al candidato. Sin embargo, Pancho Domínguez se empeña en afirmar lo contrario cada vez que tiene micrófono. El resultado es una narrativa contradictoria que termina colocando al gobernador en el centro del supuesto “dedazo”, aun cuando él busca mantenerse institucional y al margen.
Conviene decirlo con claridad: no hay elecciones arregladas. Lo que sí hay son acuerdos políticos, conversaciones civilizadas y listas que se van depurando para evitar sobresaltos mayores rumbo a 2027. Eso no es ilegal ni nuevo; es política.
Lo que sí resulta urgente es que Claudia Sheinbaum marque distancia real —no simbólica— de los personajes y dinámicas heredadas del lopezobradorismo más duro. Muchos esperan ver a una presidenta con sello propio, con liderazgo autónomo y con capacidad de tomar decisiones sin tutelajes. Esa expectativa solo se confirmará en los hechos.
En ese contexto, es inevitable que la presidenta intervenga directamente en la definición del candidato de Morena en Querétaro. Hoy, todas las miradas apuntan a Luis Humberto Fernández, el perfil más cercano a ella y a su círculo político, y quien parece llevar ventaja en la carrera interna por las candidaturas de mayor peso.
El tablero está en movimiento.
Las fichas aún no caen.
Y como siempre en política, el tiempo terminará acomodando lo que hoy parece incierto. Ojalá —por el bien de Querétaro— que el resultado final esté a la altura de lo que el estado necesita.



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