Fronteras políticas han dividido pueblos originarios
Las divisiones políticas de México y las fronteras entre países han fragmentado territorios de pueblos originarios sin tomar en cuenta su distribución histórica, señaló la lingüista y activista Yásnaya A. Gil durante una entrevista con Update Me en el Hay Festival Querétaro.
Yásnaya A. Gil explicó que los mapas no son representaciones neutrales del territorio: además de ubicar lugares, pueden expresar relaciones de poder, establecer nociones de propiedad y construir narrativas sobre quién controla un espacio.
“Lo que me preocupa más es la división entre estados-nación y cómo esos dibujos que están en esos mapas, las fronteras, se vuelven espacios terribles para la violencia por el control de una línea imaginaria”, afirmó.
Como ejemplo mencionó al pueblo Tohono O’odham, cuyo territorio quedó dividido entre México y Estados Unidos, así como a los pueblos mayas, distribuidos entre las actuales fronteras de México y Guatemala.
Dentro del país ocurre un fenómeno similar. Gil señaló que las divisiones entre entidades federativas tampoco necesariamente corresponden con los territorios de los pueblos originarios.
“Bien el área maya que está en tres estados de la República podría haber sido una entidad federativa. También el pueblo mixteco o el pueblo Ñañú”, explicó.
La especialista planteó que el problema no se resolvería necesariamente creando nuevas fronteras para representar a los pueblos originarios, pues mantener una lógica estricta de delimitación también puede reforzar la idea de la tierra como propiedad.
En cambio, señaló que existen colectivos de geógrafos decoloniales que desarrollan formas alternativas de mapear el territorio. Estas representaciones pueden dar prioridad a elementos como sitios sagrados, características naturales o relaciones de las comunidades con su entorno, en lugar de concentrarse en establecer límites.
“Podemos hacer mapas en los que ese mapa no tenga esa pretensión de frontera, sino de conocimiento de ese territorio, en donde sean importantes los sitios sagrados más que los límites que alguien no puede cruzar”, dijo.
Para Gil, incluso elementos aparentemente convencionales de un mapa, como colocar el norte arriba o definir su orientación, pueden ser cuestionados. Consideró que alrededor de esas formas de representación existe actualmente “un campo de resistencia”.
También destacó el papel de la toponimia como registro de la historia de los territorios. Muchos nombres de lugares en México permanecen en lenguas indígenas incluso en sitios donde esas lenguas ya desaparecieron.
“Los topónimos son resistentes”, señaló. Comparó estos nombres con capas geológicas que conservan distintos momentos de la historia.
Los nombres que combinan referencias católicas con vocablos indígenas también permiten observar procesos de colonización y adaptación.
Gil mencionó que la incorporación de santos en los nombres de comunidades no significó necesariamente una adopción pasiva del catolicismo, pues en distintos lugares esas figuras fueron resignificadas dentro de prácticas colectivas.
La lingüista contrastó finalmente las fronteras establecidas desde el poder con los límites naturales del territorio, como ríos y barrancas, que condicionan efectivamente el desplazamiento e incluso la distribución de especies.
“Estos límites, que no fronteras, propios de la tierra me parecen mucho más interesantes que aquellos establecidos arbitrariamente desde el poder”, sostuvo.




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