Kenia Alegría / estudiante de la Licenciatura en Comunicación y Periodismo de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ).
En el momento que supe que iría a una mezquita, mi primer pensamiento fue: “¿Qué ropa debo llevar?”.
Sabía poco sobre el Islam. La mayor parte de lo que conocía provenía de la televisión y de internet, entre estereotipos y prejuicios. Sabía que rezaban cinco veces al día y que las mujeres debían cubrirse la cabeza con un velo.
Más tarde me confirmaron que el código de vestimenta para las mujeres en el Islam implicaba ir totalmente cubiertas.
La mezquita está ubicada a tan solo unos pasos de las oficinas de la Diócesis de Querétaro. Desconocía la existencia de este lugar en el Centro Histórico de la capital o, incluso, en cualquier parte del estado.
Al llegar, saludamos y nos mostraron el cuarto de rezo, donde tuvimos que quitarnos los zapatos antes de entrar.
El cuarto de rezo de los hombres estaba en la entrada y el de las mujeres, al fondo. Así que tuve que separarme de mi compañero.
Pensaba si mis botines, pantalones de mezclilla rectos y sudadera holgada serían lo suficientemente apropiados para la situación.
Entré al cuarto. Era una habitación casi vacía, de paredes altas y blancas, con un tapiz con inscripciones en árabe.
El suelo estaba cubierto por alfombras. En una esquina, al lado de la puerta, había una bocina; al fondo, un ventilador y unos estantes con libros.
Solo había otra persona en la habitación. Estaba sentada en el suelo, recargada contra la pared. Me saludó muy alegre y se presentó. Supe que se llamaba Jackie.
Le comenté que no sabía ponerme el velo y ella comenzó a ayudarme.
Era su primer día en la mezquita. Apenas iniciaba su camino en el Islam, al que se había acercado por medio de su hermana.
Llegó otra mujer. Jackie también era su nombre y nos reímos de la coincidencia. Nos contó que acababa de mudarse de Veracruz y que llevaba 15 años profesando el Islam.
Mencionó que algo que le gustaba de su religión era que la conversación con Alá ocurría solamente entre la persona y él, sin intermediarios.
Foto: Saúl Hernández
“En los tiempos del profeta podían convivir las religiones…”
Empezaron a llegar más mujeres y se prepararon para iniciar el rezo. Éramos nueve mujeres y un niño. Yo solo las seguía y trataba de pasar desapercibida.
Rezaban en voz baja para ellas mismas. Se inclinaban y se arrodillaban, una y otra vez, durante la oración.
Yo solo las imitaba. No sabía si lo que hacía era adecuado, pero seguía intentándolo. Vi un agujero en mi calcetín; no había contemplado que tendría que quitarme los zapatos. Me arrodillé con ellas e intenté concentrarme.
Era difícil escuchar el sermón porque la bocina fallaba y había interferencia. Al terminar el rezo, nos ofrecieron arroz blanco con cordero.
Nos sentamos en círculo sobre el suelo y platicamos. Parecían un grupo muy unido y me sentí bastante incluida. Pasaron los minutos y comencé a impacientarme un poco: la oración ya había terminado, nadie se iba y yo tenía que ir a clases.
Esperaba que mi compañero apareciera para irnos juntos, pero el tiempo seguía pasando y él no llegaba.
Las oficinas de la Diócesis de Querétaro estaban a tan solo unos pasos, sobre avenida Reforma. Lado a lado, a simple vista parecían representar creencias y costumbres muy diferentes, por lo que resultaba curioso que estuvieran prácticamente hombro con hombro.
No he tenido problema con la Diócesis. Llegué a equivocarme la primera vez que vine y me dijeron que era más acá abajo, pero nunca hemos tenido altercados, de que me vean feo o cosas así de faltas de respeto. Es bonito porque en los tiempos del profeta (Mahoma) podían convivir las religiones”, comentaron.
Hablaron de su fe y de cómo se habían ido acercando a ella. Planearon futuras reuniones y parecían una comunidad muy unida.
Algunas comenzaron a irse y yo seguía sin ver a mi compañero. Me había comentado que sería una reunión de 30 minutos y ya habían pasado más de dos horas.
Después del 11S, “se nos enseñó a quedarnos callados”
Salí al pasillo y no lo vi por ningún lado. Había un grupo de hombres en la puerta de salida y no estaba segura de atravesar entre ellos, así que esperé al resto de las mujeres y regresé al cuarto de rezo.
Me explicaron cómo se rezaba y los días en que se reunían. Jackie tenía muchas preguntas, pues también era su primera semana.
Nos comentaron que en el Islam un hombre podía tener hasta cuatro esposas, una práctica que me resultaba extraña.
Sugirieron que consiguiéramos un wali. Era un término desconocido para mí. El wali, o tutor, es una figura masculina que interviene en determinados asuntos familiares y matrimoniales de una mujer, aunque su función e interpretación pueden variar entre escuelas y comunidades musulmanas.
Ellas se mostraban tranquilas porque creían en la palabra del profeta y encontraban guía en el Corán. Nos pidieron mantener la mente abierta.
Como mujeres musulmanas, se enfrentaban a muchas interrogantes, principalmente de personas de su entorno que no practicaban el Islam. Incluso sus familias cuestionaban sus creencias y las asociaban con el “terrorismo”.
En muchos casos, quienes las cuestionaban tenían una idea de la religión similar a la que yo tenía antes de llegar: una visión construida a partir de prejuicios que no necesariamente reflejaban la realidad de estas mujeres ni la manera en que vivían su fe.
“Tengo la teoría de que después de lo que pasó en ‘las Torres Gemelas’ (de Nueva York) a los musulmanes se nos enseñó a quedarnos callados (…) Tenemos nuestros derechos, tenemos nuestra fe y la debemos portar con orgullo”.
Sin darme cuenta, llegó el momento del siguiente rezo del día, por lo que el proceso se repitió. Las oraciones se realizaron en árabe y las personas rezaron orientadas hacia la Kaaba, la estructura sagrada con forma de cubo ubicada en la Gran Mezquita de La Meca.
Cuando terminó la oración, comenzamos a irnos. Salimos al pasillo, me puse los zapatos y salí junto con las demás mujeres.
Una vez afuera, pensé que quizá debí esperar a mi compañero, pues él seguía conversando. Lo esperé y, después de unos minutos, salió.
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