Entre territorios y memorias: jóvenes cineastas toman el CEART con documentales
Texto: Malú González | Fotos: Emilio Franco
El reloj marcaba las cinco de la tarde y el aire del Centro de las Artes de Querétaro (CEART) comenzaba a llenarse de murmullos, risas nerviosas y miradas expectantes.
No era una función más. Era, más bien, una especie de espejo colectivo: una muestra de documentales nacidos desde lo íntimo, lo que duele, lo que se habita y lo que se recuerda.
La gira de documentales “Ambulante” llegó como pretexto para hacer cine. Pero también, como se vería más tarde, para hacer comunidad.
Imágenes que respiran territorio
Las luces se apagaron y comenzaron a desfilar historias que no pretendían ser grandilocuentes, sino honestas. En blanco y negro, un documental dirigido por Jorge Barrera retrataba la cosecha de chile jalapeño, donde cada imagen parecía sostener el peso del campo y la memoria.
Otros cortos apostaron por lo mínimo: trayectos cotidianos, silencios largos, la rutina de trabajar en la ciudad mientras se añora el campo. Historias de “ir y volver”, de habitar dos mundos sin pertenecer del todo a ninguno.
Sin embargo, no todo fluyó perfecto. Uno de los documentales avanzó demasiado rápido, con imágenes que se distorsionaban, como si la prisa también fuera parte del relato. La falla técnica no rompió la experiencia.



“Chuy”: memoria, identidad y raíz
Entre las piezas más emotivas destacó “Chuy”, documental de “Lola” Oróstico. La historia de una abuela se convirtió en un retrato íntimo que desbordaba identidad: ser mujer, ser de rancho, ser mexicana.
Más que un homenaje, el corto funcionó como un ejercicio de memoria viva. La voz que narraba no solo describía, sino que se reconocía en el otro. En esa figura cotidiana, aparentemente simple, se condensaban generaciones enteras.
Edgar Hernández: del pueblo a la ciudad
Un documental que resonó en la sala fue el de Edgar Hernández Soria, docente de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPS), quien abordó el tránsito entre dos mundos: haber crecido toda la vida en un pequeño pueblo y enfrentarse, de pronto, a construir una nueva vida en la ciudad.
Su corto no buscaba dramatizar el cambio, sino hacerlo visible. A través de imágenes contenidas y una narrativa sencilla, mostró cómo el desplazamiento no siempre es físico, sino emocional. La ciudad aparece como un espacio que exige adaptación constante, donde la identidad se reconfigura en cada trayecto.
Sofía Tanarote: foráneos, casas y ausencias
En esa misma línea de búsqueda, el trabajo de Sofía Tanarote se adentró en una herida compartida por muchos jóvenes: ser foráneo y no saber, del todo, dónde está el hogar.
Su documental, atravesado por un tono íntimo y casi confesional, explora la construcción de “casa” más allá de un espacio físico. A partir de experiencias personales y colectivas, la narrativa avanza como un flujo de conciencia: mudanzas, rupturas, amistades y objetos que intentan llenar el vacío.
Lejos de ofrecer respuestas, el corto plantea una pregunta constante: ¿la casa es un lugar o una construcción emocional?
En ese mismo trazo narrativo aparecen otras ausencias: historias de inundaciones en Tabasco, el anhelo persistente de una casa propia, la sensación de no haber tenido nunca “algo propio”. La experiencia foránea deja de ser individual y se vuelve colectiva, un eco compartido entre quienes viven en tránsito.
Uno de los títulos resuena con fuerza: “Esto no es una casa”. Sin embargo, todo el evento parece responder lo contrario: el cine, al menos por un momento, sí puede ser una forma de construirla.
El cine como espejo (y como refugio)
Tras las proyecciones, el espacio se transformó en conversación.
Las preguntas del público no eran tecnicismos, sino sentido: ¿cómo se elige una historia?, ¿desde dónde se filma?
Las respuestas coincidieron en algo: el documental no nace de la perfección, sino del lugar que se habita.
—“Se puede crear desde donde sea que estés”, dijo una de las participantes. —“Hablar de lo cotidiano también es hacer cine”, añadió otra.
Hubo quien encontró en el proceso una forma de sanar, de repensar su lugar en la ciudad. Otros descubrieron que no hay que aferrarse a una idea: el proceso cambia, se rompe, se reconstruye.
Un taller, muchas voces
El origen de todo fue un taller impulsado por “Ambulante”, donde la consigna era clara: documentar el territorio. No como geografía, sino como experiencia.
Así, cada corto se volvió una extensión de quien lo hizo. Historias pequeñas, sí, pero cargadas de identidad.
Al final, entre aplausos, reconocimientos y una foto grupal, quedó claro que lo importante no era solo el resultado, sino el camino compartido.
Porque esa tarde en el CEART no solo se proyectaron documentales. Se proyectaron vidas.




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