Medios en Querétaro: poder, exclusión y pacto patriarcal
La escena parecía sacada de otra época, pero ocurrió hace apenas unos días en Querétaro durante un encuentro oficial entre el Ejército y los “líderes” de opinión del estado. La fotografía resultante fue nítida en su composición y brutal en su mensaje ni una sola mujer directora de medios estuvo presente. Lo que comenzó como una omisión visual, denunciada con valentía por la colega Isabel Posadas, terminó por dinamitar la fachada del poder mediático local, dejando al desnudo el pacto patriarcal.
Este pacto no es una teoría abstracta, sino una estructura con nombres, apellidos y micrófonos. En el podcast Blanco y Negro, Mario León Leyva, Aurelio Peña y Adán Olvera decidieron que la mejor respuesta a una legítima demanda de representación era la mofa institucionalizada.
Entre risas, redujeron la lucha histórica de sus colegas a un simple “se ardieron”, sentenciando bajo una lógica de su club de Toby, que las periodistas simplemente no importamos. Nosotras respondimos con datos, rigor y dignidad, a través de un video difundido en redes sociales, mientras que León Leyva subió a sus redes sociales un comunicado que no invitó a la reflexión, sino que revictimizó y justificó su dicho tras una supuesta franqueza “sin sesgos de género” e intentó convertir la agresión en una anécdota, porque no se refirió a nadie en particular. Un movimiento clásico del patriarcado para intentar diluir la violencia estructural en una simple opinión personal, pero sin retractarse de su dicho violento, respecto a que nuestra labor es prescindible.
Sin embargo, nosotras no estábamos dispuestas a dejarlo así y el pasado lunes, frente al gobernador Mauricio Kuri, las periodistas transformamos la exclusión en protesta pública para exigir acciones reales que trasciendan y que realmente combatan la violencia de género en los medios de comunicación. Ante el reclamo, el pacto ejecutó otra defensa un cerco mediático que pretendía descalificar la protesta y arropar a sus amigos, desde las redacciones que no quisieron publicar nada para encubrir la violencia simbólica ejercida. Utilizar la propiedad de los medios para silenciar una exigencia que los señala directamente es una forma de violencia editorial; es utilizar la cofradía para proteger privilegios por encima del derecho a la información.
Ahora llegó la disculpa sin fondo, una disculpa leída y que se siente obligada pero no real, donde dicen que van a buscar capacitarse pero no dicen cómo, utilizan términos que seguramente no tienen idea lo que significan y que evocan más a una escena de una sitcom mexicana donde el protagonista le pida a Alexa instrucciones para ser feminista, que una reflexión real sobre lo que hicieron y lo que significaron esas palabras y risas.
Y no, con esta disculpa no “quedó cerrado este tema”, la exigencia de acciones concretas para garantizar los derechos de las mujeres periodistas continua.
Erradicar esta violencia estructural requiere desmantelar la jerarquía que permite a estos comunicadores sentirse dueños absolutos de la legitimidad informativa. No basta con la buena voluntad; se requieren protocolos de género vinculantes, mecanismos de sanción reales dentro de las empresas periodísticas y un compromiso estatal que garantice condiciones de seguridad y paridad en la interlocución con el poder.
Nombrar este pacto fue el primer golpe al techo de cristal que nos imponen, pero no será el único, se seguirá golpeando hasta romperlo, hasta transformar el periodismo queretano y nuestra voz sea un eje central de la agenda pública.
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