Nuestra Voz Querétaro

Ética selectiva y la simulación electoral

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En Querétaro volvió a aparecer un viejo debate que en realidad nunca se fue: el uso político de las políticas públicas y la ética en tiempos electorales. El detonante fue el llamado del diputado de Morena, Sinuhé Piedragil, para que la estrategia anunciada por el gobernador Mauricio Kuri, “Todos a la calle”, no sea utilizada con fines electorales. La respuesta del PAN no tardó: argumentaron que su prisa por una reforma electoral obedece a la sobrerrepresentación que hoy tiene Morena en las cámaras federales.

Ambos discursos parecen enfrentados, pero comparten un mismo vicio: la ética selectiva.
Porque en el fondo no se está discutiendo moral política, sino ventaja electoral. Cada partido observa el tablero desde el lugar que ocupa hoy y defiende las reglas que mejor se ajustan a su posición actual. Cuando son mayoría, el sistema es correcto. Cuando pierden espacios, el sistema se vuelve injusto. Así de simple.

En México, el debate electoral ha sido una simulación durante años. Se discute si “son tiempos”, si “hay campañas adelantadas”, si se viola o no la ley; mientras tanto, los recursos públicos —el dinero de todos— se utilizan para posicionar proyectos políticos, nombres, colores y narrativas rumbo a la siguiente elección. El problema no es nuevo ni exclusivo de un partido: ocurre en el ámbito federal, estatal y municipal, sin distinción de siglas.

Lo verdaderamente preocupante no es solo la violación a la norma, sino la narrativa que la acompaña: la idea de que la ciudadanía no lo nota. Que no distingue entre política pública y proselitismo disfrazado. Que acepta sin cuestionar que se hable de ética mientras se juega con ventaja.

Los partidos se acusan mutuamente de lo que ellos mismos hacen donde gobiernan. Morena señala prácticas del pasado mientras reproduce dinámicas de concentración de poder en el presente. El PAN critica el uso electoral de programas sociales mientras impulsa estrategias de alto impacto político desde los gobiernos estatales y municipales. La congruencia queda atrapada entre el discurso y la conveniencia.

La discusión sobre la reforma electoral es el mejor ejemplo de esta lógica. No se legisla pensando en reglas estables, justas y duraderas; se legisla pensando en la siguiente elección. Por eso las reformas se vuelven urgentes solo cuando el tablero deja de favorecer a quien gobierna. Por eso la ética aparece y desaparece según el momento político.

Si las reglas se construyeran desde una visión de largo plazo, hoy no estaríamos discutiendo quién se adelanta ni quién se aprovecha. Pero mientras la política siga pensándose desde la coyuntura, la simulación continuará siendo la norma.

México no necesita más discursos sobre ética y moral política. Necesita congruencia. En un contexto saturado de desinformación, intereses económicos y polarización, la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace se ha convertido en uno de los pocos activos que aún generan confianza pública.

La ciudadanía ya no es ingenua. Ve, compara y recuerda. Y entiende que cuando todos acusan y nadie se asume, el problema no es el adversario: es el sistema político que se niega a mirarse al espejo.

Menos simulación.
Más congruencia.
Porque la ética que depende de la conveniencia no es ética: es estrategia.

Porque al final, la ética no debería depender de quién gobierna ni de cuántos votos están en juego. Debería ser una convicción permanente, no una herramienta electoral de temporada. Y mientras eso no ocurra, seguiremos atrapados en el mismo ciclo: discursos elevados, reglas a modo y una democracia que promete mucho… pero cumple poco.

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