Gobernar bien ya no alcanza (y fingir que sí, es el verdadero riesgo)
Querétaro hizo la tarea. Hizo lo que muchos gobiernos prometen y pocos cumplen. Entregó resultados. Seguridad por arriba de la media nacional, finanzas públicas sin observaciones, inversión constante y una policía que, por primera vez en su historia, alcanzó un 77.8 por ciento de percepción de confianza.
El gobierno de Mauricio Kuri puede mostrar cifras, compararse con otros estados y, con razón, decir que va por el camino correcto. El problema es que ese camino ya no garantiza destino.
Porque el país cambió. Y la política también, aunque algunos sigan gobernando como si estuviéramos en 2015. Hoy, los buenos resultados no blindan, no enamoran y, muchas veces, ni siquiera convencen.
Compiten contra una narrativa nacional basada en la confrontación, contra un clima emocional de cansancio y contra una ciudadanía que ya no responde al boletín ni al discurso técnico. Gobernar bien dejó de ser suficiente. Y no entenderlo es, quizá, el error más grave que puede cometer el poder.
El contraste es brutal. Mientras desde el centro del país se normaliza la violencia y se administra el conflicto como estrategia política, Querétaro aparece en listados internacionales —como la recomendación del New York Times— por su tranquilidad, su oferta turística y su estabilidad.
Mientras estados como Zacatecas, Guerrero o Michoacán siguen atrapados en crisis estructurales, aquí la incidencia delictiva baja, los delitos patrimoniales disminuyen y el homicidio doloso retrocede. Aun así, el reconocimiento no llega como antes. Porque hoy la conversación no gira en torno a quién hace mejor las cosas, sino a quién grita más fuerte.
La seguridad es el mejor ejemplo de esta paradoja. Iován Elías Pérez, secretario de Seguridad Ciudadana presentó un balance sólido: miles de detenidos, armas fuera de circulación, vehículos recuperados y una infraestructura tecnológica que convirtió al complejo Rhino en un referente nacional.
Sin embargo, el propio gobernador reconoció que el nuevo enemigo no patrulla las calles: llega por mensaje, por llamada, por WhatsApp. La extorsión virtual crece incluso donde hay orden. El miedo ya no se combate solo con policías, sino con información, pedagogía y confianza institucional. Y eso no se construye desde una tarima.
En lo municipal, el fenómeno se repite. Felifer Macías presume cercanía en la capital; Chepe Guerrero habla de gobernar “A Paso Firme” en Corregidora; Gaspar Trueba en Colón apuesta por obra pública visible. Todos caminan, escuchan y resuelven lo inmediato.
Pero incluso esa política de territorio choca con una realidad incómoda: la gente está harta. No solo de la inseguridad, sino de la política misma. Las encuestas lo reflejan: la seguridad dejó de ser la principal preocupación; fue desplazada por el costo de la vida, la movilidad, la incertidumbre económica. El enojo no desapareció, solo cambió de forma.
Aquí está la oposición real. No en Morena, no en el PAN, no en los discursos encendidos del Congreso. Está en el ciudadano que ya no se engancha, que ya no defiende, que ya no discute. El que scrollea, se informa a medias y decide desde el desencanto. Esa mayoría silenciosa es la más peligrosa para cualquier gobierno, porque no confronta, pero tampoco acompaña. Y sin acompañamiento social, ningún proyecto es sostenible.
Querétaro tiene una ventaja que pocos estados conservan: todavía hay confianza, todavía hay resultados, todavía hay margen. Pero ese margen se puede perder si se cae en la autocomplacencia. Gobernar bien es obligatorio; comunicar mal ya no es opción. La política que no explica, que no escucha y que no se deja interpelar, termina hablando sola, incluso cuando hace las cosas bien.
La pregunta no es si Querétaro va bien. Los datos dicen que sí. La pregunta es si quienes gobiernan están dispuestos a aceptar que hoy, más que administrar, les toca convencer todos los días. Porque en este nuevo escenario, gobernar bien ya no alcanza. Y fingir que sí, puede salir muy caro.
Querétaro todavía tiene algo que en muchos lugares ya se perdió: margen de maniobra. Confianza relativa, instituciones que funcionan y resultados que se pueden comprobar. Pero ese capital no es eterno. Se erosiona cuando el poder se escucha solo, cuando confunde estabilidad con aplauso y cuando cree que administrar bien basta para ser acompañado políticamente.
Hoy, el desafío no es gobernar contra el crimen, sino gobernar contra la indiferencia. Contra el ciudadano que ya no cree, que ya no espera y que ya no se siente parte. Si el gobierno no logra volver a hablarle a esa mayoría silenciosa —sin soberbia, sin triunfalismo y sin simulación—, los datos se quedarán en los informes y la política en los escritorios.
Porque en estos tiempos, gobernar bien no garantiza legitimidad. Y quien no entienda que el poder ahora se disputa en la confianza cotidiana, no en las estadísticas, corre el riesgo de descubrir demasiado tarde que tenía razón… pero estaba solo.



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