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Nuestra Voz Querétaro

La precampaña que “no existe”

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“La política es el arte de engañar a los ciudadanos”, se le atribuye a Nicolás Maquiavelo.

Y aunque la frase tiene siglos de edad, basta mirar el escenario político mexicano actual para notar que sigue teniendo inquietante vigencia.

Hoy no estamos en campaña. Tampoco en precampaña. Pero basta encender la televisión, recorrer las calles o abrir cualquier red social para encontrar la misma conversación: ¿quién será candidato o candidata en la próxima elección? ¿Quién quiere gobernar? ¿Quién ya se está posicionando?
Aspirar no es el problema.

En política, quien dice que no quiere competir por un cargo probablemente no está siendo honesto. El problema es la simulación.

Esa zona gris que los partidos han aprendido a explotar con enorme habilidad: los vacíos de la ley.

Porque oficialmente no hay precampañas… pero sí hay bardas. No hay campañas… pero sí hay giras. No hay promoción personalizada… pero sí hay sobreexposición pública.

Nos quieren convencer de que los espectaculares aparecieron por cortesía de algún simpatizante entusiasta. Que las bardas fueron un gesto espontáneo de apoyo ciudadano. Que las publicaciones constantes en redes sociales son parte natural de la comunicación institucional.

La narrativa es ingeniosa, pero cada vez menos creíble.

En Querétaro, por ejemplo, el alcalde capitalino Felifer Macías es uno de los nombres que con mayor frecuencia aparece en la conversación pública rumbo a la sucesión estatal. Y es lógico: el cargo que hoy ocupa le permite marcar agenda todos los días. Cada evento, cada anuncio, cada gira institucional genera exposición mediática.
Eso, en términos políticos, se llama posicionamiento.

Pero formalmente no es precampaña.

Mientras tanto, Movimiento Ciudadano también ensaya su propio juego semántico con la frase “armando un movimiento”. Usan “armando” como verbo, aunque todos entienden que también es sustantivo.
Creatividad política para navegar los límites legales.

Del lado de Morena, el discurso apunta ahora a regular espectaculares y propaganda en redes. Pero al mismo tiempo presumen que hacen territorio todos los días: colonias, comunidades, recorridos permanentes.
No piden el voto, dicen.

Pero sí construyen simpatías.

En otras palabras: precampañas que oficialmente no existen, pero que en la práctica todos vemos.

El problema de fondo es estructural. Los partidos compiten entre sí, pero al mismo tiempo son quienes definen las reglas electorales. Son actores del juego… y también diseñadores del tablero.

Por eso la reforma electoral que impulsa la presidenta Claudia Sheinbaum debería abrirse a un debate público amplio. No solo entre políticos, sino con especialistas, académicos y ciudadanos. Porque cuando las reglas se escriben exclusivamente desde el poder, el riesgo es que terminen respondiendo más a coyunturas políticas que a principios democráticos.

La discusión electoral en México lleva años atrapada en el mismo círculo: acusaciones cruzadas, declaraciones diarias, narrativas que cambian dependiendo de quién tiene mayoría en el momento. Cuando se gobierna, conviene una regla; cuando se pierde poder, conviene otra.

Mientras tanto, el ciudadano observa.
Observa las bardas.
Observa los espectaculares.
Observa las giras y las encuestas filtradas.
Y entiende perfectamente lo que está ocurriendo.
Por eso quizá el mayor problema no es que los políticos busquen posicionarse antes de tiempo. El problema es que todavía crean que la sociedad no lo nota.

En una democracia joven como la mexicana, la credibilidad es un recurso escaso. Y cada simulación, cada vacío legal utilizado como estrategia política, termina erosionando un poco más la confianza pública.

Porque al final del día, la pregunta no es quién está en precampaña.
La pregunta es por qué siguen actuando como si los ciudadanos no pudiéramos verlo.

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