¿El mes de las mujeres… o el mes del discurso?
“Durante la mayor parte de la historia, “anónimo”era una mujer.” — Virginia Woolf.
Marzo llega cada año con el mismo ritual: edificios iluminados de morado, campañas institucionales con frases inspiradoras y discursos que reivindican la lucha histórica de las mujeres. El 8 de marzo no es una celebración, es una conmemoración. Nació para recordar que los derechos que hoy parecen obvios —votar, estudiar, trabajar, decidir sobre el propio cuerpo— fueron conquistas arrancadas a un sistema que durante siglos excluyó a la mitad de la población.
La pregunta es inevitable: en 2026, en México, ¿esa lucha está dando resultados estructurales o seguimos atrapadas en la retórica?
Es innegable que hay avances. La paridad constitucional cambió el mapa político del país. Hoy vemos más mujeres en congresos, en alcaldías, en gabinetes. México vive un momento inédito con una mujer en la Presidencia. El techo de cristal, al menos en términos simbólicos, se ha resquebrajado.
Pero el piso sigue pegajoso.
Las cifras son contundentes: más de diez mujeres asesinadas cada día en el país; miles de denuncias mensuales por violencia familiar; brechas salariales que persisten; sistemas de cuidados que descansan, casi exclusivamente, en las mujeres. La representación política no ha eliminado el miedo cotidiano ni la desigualdad económica. La fotografía cambió; la estructura, no del todo.
Hablar del mes de las mujeres implica hablar también de las víctimas: de las que ya no están, de las que sobreviven a la violencia, de las madres buscadoras que han tenido que asumir tareas que corresponderían al Estado. Implica reconocer que la violencia de género no es un fenómeno aislado, sino un problema estructural que atraviesa clases sociales, territorios y niveles educativos.
También obliga a revisar si la perspectiva de género está realmente integrada en las políticas públicas o si funciona como una etiqueta temporal. Porque la igualdad no se decreta: se construye con presupuesto, con coordinación interinstitucional, con evaluación y con continuidad. Sin eso, todo se queda en campañas de temporada.
Hay otro punto incómodo que pocas veces se aborda: la transformación cultural. Durante décadas, la educación —formal e informal— ha reproducido roles que colocan a las mujeres en el terreno del cuidado y a los hombres en el del poder. Aunque mucho ha cambiado, todavía se normaliza que las niñas sean complacientes y los niños no expresen emociones. Todavía se espera que las mujeres puedan con todo: trabajo, hogar, crianza, estabilidad emocional de la familia.
No somos el sexo débil. Pero tampoco deberíamos ser el sexo exhausto.
El discurso público suele insistir en la fortaleza femenina, en la resiliencia, en la capacidad de sobreponerse. Sin embargo, el verdadero avance no está en resistir más, sino en no tener que resistir tanto. Igualdad no es demostrar que podemos hacer lo mismo bajo condiciones adversas; es transformar las condiciones.
En ese sentido, marzo debería ser un mes de evaluación seria. ¿Han disminuido los feminicidios? ¿Funciona el acceso a la justicia? ¿Se están cerrando brechas salariales? ¿Existen políticas de cuidados que liberen tiempo y oportunidades para millones de mujeres? ¿Hay coordinación real entre órdenes de gobierno o cada uno atiende lo inmediato sin una estrategia integral?
Porque si “llegamos todas” significa seguridad, autonomía económica, acceso efectivo a derechos y corresponsabilidad social en los cuidados, entonces el lema tiene sustancia. Pero si se reduce a un símbolo poderoso sin correlato en la vida diaria, se convierte en una consigna cómoda.
Marzo no debería ser únicamente memoria ni marketing institucional. Debería ser autocrítica pública. Un corte de caja nacional sobre lo que funciona y lo que no. Una conversación incómoda sobre lo que falta.
La lucha histórica de las mujeres no buscaba discursos; buscaba condiciones. Y las condiciones se miden en justicia, en oportunidades y en libertad real.
Porque mientras haya una niña que crezca creyendo que vale menos, una mujer que calle por miedo o una madre que tenga que buscar a su hija o hijo sin respaldo institucional, el mes de las mujeres seguirá siendo más promesa que realidad.
Y el reto, más que simbólico, seguirá siendo profundamente estructural.




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