La mentira como método
“El poder es para poder” – Andrés Manuel López Obrador
Una frase hoy, muy coyuntural de Andrés Manuel López Obrador no solo define una forma de ejercer la política, también explica —aunque incomode— por qué la mentira se ha vuelto un recurso recurrente en el ejercicio del poder.
Porque cuando el objetivo central es conservar posiciones, construir mayorías o ganar elecciones, la congruencia pasa a segundo plano. Y en ese tránsito, lo que se dice deja de estar necesariamente conectado con lo que se hace.
No es una percepción. Es una constante.
Ahí están los hechos recientes en Querétaro y en el ámbito nacional.
La administración del alcalde Felifer Macías aseguró a colectivos de protección animal que no habría pirotecnia en el festejo de Los Arcos. Hubo pirotecnia. Sin matices.
El diputado Guillermo Vega votó a favor en comisión un dictamen en materia de identidad de género. Horas después, en el pleno, votó en contra. Sin explicación de fondo.
Las diputadas Teresa Calzada de MC y Perla Flores del Partido Verde firmaron la iniciativa correspondiente… y posteriormente votaron para rechazarla. Sin congruencia política visible.
Y en el plano nacional, la dirigente de Morena, Ariadna Montiel, sostiene que no se permitirán candidatos sin un historial “impecable”, mientras su propio movimiento enfrenta cuestionamientos en torno al gobernador con licencia Rubén Rocha Moya.
No son casos aislados.
Son patrones.
Y frente a esto, la pregunta es inevitable:
¿por qué nos mienten los políticos?
La respuesta no es simple, pero sí es clara:
porque pueden… y porque durante mucho tiempo no tuvo costo.
La incongruencia se volvió administrable.
La contradicción, justificable.
La memoria pública, subestimada.
En ese contexto, la política dejó de construirse desde convicciones y comenzó a operar desde la coyuntura. Lo importante ya no es sostener una postura, sino adaptarla según el momento, el escenario o la conveniencia electoral.
Hoy se dice una cosa.
Mañana, otra.
Y pasado mañana se espera que nadie lo recuerde.
Ese es el cálculo.
El problema no es que los políticos cambien de opinión. Eso puede ser legítimo. Las sociedades evolucionan, los contextos cambian y las decisiones pueden ajustarse. El problema es cuando ese cambio no se explica, no se justifica y no se asume.
Cuando simplemente se niega.
Cuando se sostiene una versión que no resiste el contraste con los hechos.
Ahí es donde la mentira deja de ser un error… y se convierte en método.
Y ese método se replica en múltiples niveles.
Se dice que no hay distracción electoral, mientras se recorren territorios, se construyen narrativas personales y se posicionan nombres.
Se anuncian mecanismos de participación ciudadana, pero se evita escuchar a quienes participan.
Se habla de transparencia, pero acceder a información pública detallada sigue siendo, en muchos casos, un proceso complejo, fragmentado y poco accesible.
Se presumen cifras, montos de inversión y grandes proyectos, pero la fiscalización incomoda.
Se construyen discursos de integridad, pero cuando hay señalamientos, las respuestas son corporativas. Los partidos cierran filas. Protegen. Blindan.
Como si la pertenencia política otorgara una especie de inmunidad moral.
No la otorga.
Porque, al final, quienes ocupan cargos públicos no le deben lealtad a su partido. Le deben responsabilidad a la ciudadanía.
Y ahí es donde se rompe el vínculo.
Porque la política puede tolerar errores. Lo que difícilmente sostiene es la simulación permanente.
Sería más honesto —y más eficaz— reconocer fallas. Admitir contradicciones. Explicar decisiones. Corregir el rumbo cuando sea necesario.
Pero eso implica asumir costos políticos inmediatos.
Y en un entorno donde la prioridad es la siguiente elección, pocos están dispuestos a hacerlo.
Sin embargo, hay un cambio que ya está en marcha.
La ciudadanía.
Hoy es más informada.
Más crítica.
Más participativa.
Hoy documenta, compara, contrasta.
Hoy no depende de una sola versión.
Y eso está modificando la relación con el poder.
No de manera abrupta, pero sí sostenida.
Porque cada vez resulta más difícil sostener discursos que no coinciden con la realidad.
Cada vez cuesta más construir narrativas sin sustento.
Cada vez hay menos margen para la incongruencia sin consecuencia.
Ese es el punto de inflexión.
No se trata de idealizar la política. Ni de exigir perfección a quienes la ejercen. Se trata de algo mucho más básico: coherencia.
Coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.
Coherencia entre el discurso público y la decisión política.
Coherencia entre la promesa y el resultado.
Porque sin eso, la confianza se erosiona.
Y sin confianza, la política pierde legitimidad.
Aun así, vale la pena decirlo: creer en la política no es ingenuo. Es necesario.
Creer que puede ejercerse con congruencia.
Que puede responder a principios y no solo a coyunturas.
Que puede construir, en lugar de simular.
Ese es el desafío.
Y también la apuesta.
Porque si algo está cambiando —aunque lentamente— es la disposición de la ciudadanía a aceptar la mentira como parte del juego.
Hoy, cada vez más, se cuestiona.
Se exige.
Se señala.
Y eso, tarde o temprano, obliga a transformar la forma en la que se ejerce el poder.
Porque al final, la ecuación es sencilla:
la política puede sobrevivir a los errores…
pero no a la normalización de la mentira.




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