Entre el discurso y el estruendo: la doble cara del municipio capitalino
Aquí no hay confusión posible: o es convicción o es simulación. Y en el gobierno municipal de Querétaro, cada vez es más evidente que estamos frente a lo segundo.
Porque una cosa es crear estructuras —secretarías, direcciones, oficinas con nombres rimbombantes— y otra muy distinta es sostener una política pública con coherencia, de principio a fin. Lo demás es utilería institucional.
Ahí está el caso de la flamante Secretaría de Bienestar Animal. Anunciada con bombo y platillo, vendida como un avance de vanguardia, casi como un sello de modernidad para la ciudad. Y sí, en papel suena bien. Nadie podría oponerse a que el Estado —en este caso el municipio— asuma la responsabilidad de proteger a los animales. El problema no es la idea. El problema es lo que hacen después con ella.
Porque mientras se construye ese discurso “animalista”, el mismo gobierno autoriza un espectáculo de pirotecnia de diez minutos para celebrar los 300 años del Acueducto de Querétaro. Diez minutos que, para quien los observa desde la comodidad humana, pueden parecer inofensivos. Diez minutos de luces, de tradición, de “orgullo queretano”.
Pero esos diez minutos, traducidos a términos fisiológicos, son otra cosa completamente distinta.
Para un perro —por poner el ejemplo más cercano— la pirotecnia no es un espectáculo: es una amenaza. Su sistema auditivo capta frecuencias que nosotros ni siquiera percibimos; su umbral de tolerancia al ruido es mucho menor. Cada explosión activa una respuesta de estrés agudo: adrenalina disparada, frecuencia cardiaca elevada, hiperventilación, desorientación. Es un estado de pánico sostenido. No hay narrativa, no hay contexto, no hay “festejo” que valga.
Si lo quisiéramos traducir a una experiencia humana —para dimensionarlo sin romanticismos— sería como encerrar a una persona durante diez minutos en un espacio donde detonan explosivos de manera constante, impredecible, sin control, sin explicación y sin posibilidad de escapar. No es entretenimiento. Es tortura sensorial.
Y no, no es exageración. Es biología.
Entonces la pregunta no es menor: ¿cómo conviven, en la misma administración, una secretaría que dice proteger a los animales y una decisión que, de manera deliberada, los somete a un evento que les genera daño comprobable?
La respuesta es incómoda, pero evidente: no hay convicción. Hay cálculo.
Porque además, aquí no aplica el argumento de la falta de alternativas. Las hay, y cada vez más. Espectáculos de drones, mapping sobre patrimonio arquitectónico, iluminación escénica, experiencias inmersivas sin ruido. Ciudades en todo el mundo —y no pocas— han migrado hacia estas opciones no por ocurrencia, sino por una evolución lógica de sus políticas públicas: menos impacto, más innovación, mayor coherencia con sus propias agendas.
Pero en Querétaro se optó por lo de siempre. Por la tradición fácil. Por el aplauso inmediato. Por la postal que vende.
Y eso es lo que realmente debería preocupar: cuando la política pública se subordina a la popularidad, deja de ser política pública y se convierte en estrategia de marketing.
El mismo patrón se repite —y con consecuencias aún más graves— en la agenda de las mujeres.
Se crea la Secretaría de las Mujeres. Se habla de perspectiva de género. Se presume compromiso institucional. Pero en paralelo, existen denuncias por brecha salarial dentro del propio aparato gubernamental. Hay quejas formales, testimonios, incluso señalamientos anónimos que apuntan a prácticas que contradicen frontalmente ese discurso.
Y no es un tema abstracto. Es cotidiano. Es estructural.
Porque la violencia institucional no siempre grita. A veces se administra. Se dosifica en decisiones laborales, en inequidades salariales, en la desvalorización sistemática del trabajo de las mujeres. En la falta de condiciones reales para ejercer con libertad profesiones como el periodismo.
Y sí, también se vive en carne propia.
Cuando una periodista enfrenta obstáculos, descalificaciones o limitaciones por el simple hecho de ser mujer, no estamos frente a un caso aislado. Estamos frente a un sistema que no termina de asumir —de verdad— la igualdad como principio operativo, no como discurso decorativo.
Entonces volvemos al mismo punto: ¿de qué sirve crear una secretaría si las prácticas internas contradicen su razón de ser?
Un gobierno que realmente cree en una causa no la fragmenta. No la usa como etiqueta. La convierte en eje transversal. La baja a cada decisión, a cada política, a cada acción concreta.
Lo demás —hay que decirlo sin rodeos— es simulación.
Y la simulación, en política, tiene dos características: funciona a corto plazo y se desmorona a largo plazo.
Hoy, la ciudadanía es mucho más sofisticada de lo que algunos creen. Ya no se queda en el anuncio. Observa la ejecución. Contrasta. Señala. Y, sobre todo, identifica las incongruencias.
No se puede construir una narrativa de protección animal mientras se avalan prácticas que generan daño.
No se puede enarbolar la bandera de las mujeres mientras se toleran condiciones que perpetúan la desigualdad.
No se puede —o no se debería— gobernar en dos carriles: el del discurso y el de la realidad.
Porque tarde o temprano, esos carriles se cruzan. Y cuando lo hacen, lo que queda expuesto no es el acierto, sino la contradicción.
Querétaro no necesita más estructuras. Necesita coherencia.
No necesita más anuncios. Necesita decisiones alineadas.
No necesita más causas en el papel. Necesita gobiernos que las sostengan, incluso cuando no son populares.
Porque la congruencia —esa palabra tan usada y tan poco practicada— no se decreta. Se demuestra.
Y hoy, el gobierno municipal está lejos de demostrarla.




Comentarios