Dignidad y derechos. Cada 30 de marzo conmemoramos el Día Internacional de las Trabajadoras del Hogar, una fecha que nos recuerda la deuda histórica con quienes sostienen, desde la intimidad de los hogares, el funcionamiento de muchas otras esferas de nuestra vida.
Sin embargo, más allá del reconocimiento simbólico, es imprescindible reflexionar sobre los avances normativos y los desafíos que persisten para garantizar sus derechos y su dignidad.
Por décadas, el trabajo doméstico ha sido relegado a la informalidad, con largas jornadas, salarios insuficientes y falta de acceso a seguridad social. Este panorama comenzó a cambiar en México con la reforma a la Ley Federal del Trabajo en 2019, que establece condiciones dignas y formales para las personas trabajadoras del hogar, garantizando el acceso a derechos básicos como la seguridad social, vacaciones, aguinaldo y contratos por escrito.
El compromiso se vio fortalecido con la ratificación de México al Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) el 3 de julio de 2020. Este convenio entró en vigor en México el 3 de julio de 2021 y establece normas para garantizar condiciones laborales dignas para las trabajadoras y los trabajadores domésticos.
Además, en 2022, la Suprema Corte de Justicia de la Nación declaró inconstitucional la exclusión de las trabajadoras del hogar del régimen obligatorio del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), lo que derivó en la implementación del Programa Piloto para la Incorporación de Personas Trabajadoras del Hogar. A pesar de estos avances, la realidad nos muestra que aún hay resistencia en la formalización de estos derechos, pues la afiliación sigue siendo baja y muchas trabajadoras siguen en condiciones de vulnerabilidad.
Pendientes
Desde una perspectiva humanista y jurídica, es fundamental comprender que el trabajo doméstico no es un favor ni una extensión de roles de género impuestos históricamente a las mujeres, sino una actividad laboral con el mismo valor y dignidad que cualquier otra. No basta con leyes si no hay un cambio cultural que nos lleve a reconocer y respetar plenamente los derechos de estas trabajadoras.
Garantizar la dignidad de las trabajadoras del hogar no es una opción, sino una obligación ética y legal. Su reconocimiento no debe limitarse a un día en el calendario, sino reflejarse en acciones concretas que aseguren el cumplimiento de la normatividad y la erradicación de la discriminación. Solo así podremos hablar de una sociedad verdaderamente justa y equitativa.