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La Cruda Verdad

La liturgia del dedazo ciudadanizado

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Últimamente, descifrar el mensaje sobre la candidatura de Acción Nacional al Palacio de la Corregidora requiere más dotes adivinatorias que análisis político. Mientras el CEN y el CDE se desgarran las vestiduras jurando que el proceso será tan democrático y ciudadano que hasta los ángeles querrán votar, hay un séquito de iluminados —quizá por el afán de susurrarle versos dulces al gobernador Mauricio Kuri, o porque manejan datos que nosotros, los pobres mortales de a pie, ignoramos— que insisten en que la última palabra, la única y verdadera, reside en el dedo de Su Excelencia. Uno se pregunta, con la ingenuidad de quien todavía cree en la honestidad de un vendedor de autos usados: ¿Para qué montar este sainete de invitaciones ciudadanas, encuestas y menjunjes seudodemocráticos? Si el final de la película es el mismo de hace diecisiete años, ahórrennos el intermedio y den el dedazo de una vez; al fin y al cabo, en este partido la costumbre ya tiene fuerza de ley y el electorado ya tiene callo.

Sin embargo, lo que estos sabios de la política y sus titiriteros no advierten es que, en su desespero por apuntalar la imagen del señor Gobernador, terminan por desfondar al partido. Han convertido la elección interna en una pantomima tan obvia que hasta el público más distraído empieza a pedir el reembolso de su confianza. No solo alimentan el cinismo colectivo, sino que le están poniendo la mesa a aquellos que, con la paciencia del entomólogo que estudia una cucaracha, anotan cada pifia para judicializar el proceso y exhibir las miserias de la carpa. Pero claro, ¿qué va a saber uno de malabares, trapecios y fieras, si apenas lleva tres décadas barriendo la pista de este circo y viendo cómo los payasos siempre son los mismos?

En Querétaro, la democracia es ese estorbo burocrático que se organiza con mucho entusiasmo para terminar dándole la razón al jefe.

“La democracia interna es como la cortesía en un burdel: un adorno innecesario para un negocio que ya está apalabrado”.

La kermés del rencor y el mezcal de a litro

La falta de un caporal que ponga orden en el gallinero azul ha convertido la vida institucional en una coreografía de lo absurdo. De dientes para afuera, todos juran concordia y paz, ensayando saltos monorrítmicos de unidad que envidiaría cualquier cuerpo de ballet norcoreano; pero en cuanto las luces se apagan, el crujir de las espinillas por las patadas debajo de la mesa se escucha hasta en la Sierra Gorda. Para muestra, ese refinado ejercicio de guerra sucia contra Gerardo Cuanalo: a un “genio” de la edición digital se le ocurrió alterar una invitación a un evento en El Tepetate para anunciar que el director de la AMEQ regalaría botellas de mezcal. El chiste se cuenta solo, no por la bebida —que tiene su nobleza— sino por la estatura mental del perpetrador, un “novillero” de la política con más prisa que clase, que en su afán de recorrer la legua terminó exhibiendo que su única estrategia es el sabotaje de primaria.

Parece que al autor de semejante pifia se le olvidó que en el fango político el anonimato es un mito y que todo dardo lleva impresa la huella dactilar del remitente. Esta anarquía de baja estofa es el síntoma inequívoco de que alguien, en las alturas, soltó las riendas o infló demasiados globos de helio en cabezas pequeñas. Mientras tanto, el respetable espera con morbo ver cuántos “ciudadanos de a pie” se inscriben para la capital, esa joya de la corona que, o se declara sede vacante por decreto divino, o terminará siendo el paredón donde los entusiastas se midan contra el alcalde mejor calificado del estado. En este juego, la ignorancia de las reglas no exime del ridículo, y hay quienes ya se están probando el traje de luces sin darse cuenta de que les toca ser el toro.

En la política queretana, el que no cae resbala, y el que no resbala es porque ya le pusieron el pie con una botella de mezcal en la mano.

“La unidad partidista es ese milagro laico donde todos se abrazan con una mano mientras con la otra buscan dónde enterrar el estilete”.

El galán de las multas de barandilla

Quien parece haber contratado a sus verdugos en lugar de a sus comunicadores es Santiago Nieto Castillo. Su más reciente entrega audiovisual no evoca la solemnidad de la justicia, sino la resaca de un lunes en alguna facultad de artes visuales de corte “zurdillo”, donde el concepto artístico es inversamente proporcional a la higiene personal. En el video, el aún titular del IMPI no proyecta la imagen de un estadista, sino la de un personaje de cine de ficheras; es el vivo retrato del agente del Ministerio Público que regresa a su escritorio tras una extenuante jornada en el “Veinte Negro”, con el traje burocrático arrugado por los vapores del alcohol y las caricias de alquiler, el rostro demacrado pero encendido por esa chispa de alegría que solo brinda una “mordida” bien cobrada en la barandilla. El cabello seboso y el “almohadazo” terminan de redondear la estampa: el “Doctor” no viene de una reunión de estrategia, viene de perder la dignidad en un colchón de hotel de paso.

En política, la forma es fondo y la estética es sentencia. Resulta incomprensible que un hombre que ha devorado el sistema durante tres décadas no sepa que una corbata verde es un suicidio cromático y que el saco jamás se cierra al estar sentado, so pena de parecer un tamal mal amarrado. El equipo de Santiago lo hace ver como cualquier cosa menos como un candidato serio, aunque la culpa no es solo del mensajero; si Nieto de verdad aspira a algo más que a ser una anécdota, debería empezar por meterle rigor a su propia percha y no solo colgarse de la inercia de la marca. Un buen inicio sería despedir a esos asesores que, por su eficacia para el ridículo, parecen enviados directamente por la casa de enfrente para dinamitarlo desde el vestidor.

Santiago Nieto ha pasado de perseguir lavadores de dinero a ser víctima de unos “asesores piratas” que no saben lavar ni un video, dejando claro que en su campaña la inteligencia es lo único que no es financiera.

“En política, la lealtad de un equipo de comunicación se mide por la cantidad de veces que impiden que su jefe parezca un extra de película de ficheras”.

La inquisición de la bragueta y el fantasma de Hernán.

Parece que a los asesores del panismo queretano les enviaron el manual de estrategia política por correo certificado en 1954 y, por un error de la oficina postal, apenas lo están terminando de leer. Viven en una burbuja de cristal soplado donde el “timing” es una palabra en inglés que confunden con el timbre de la iglesia y donde el acuerdo social se firma todavía con pluma de ave. Su última genialidad ha sido lanzarse contra la ley de identidad de género con el celo de un sacristán que descubre a una pareja besándose en el confesionario. Se empeñan en legislar sobre las partes pudendas del prójimo, ignorando que la identidad ya no es una concesión del párroco, sino un derecho humano que no pide permiso ni perdón, especialmente para aquellos adultos que han decidido que su vida les pertenece a ellos y no al juicio de una comisión de moral y buenas costumbres. En su afán de vigilar la entrepierna ajena, no se dan cuenta de que el electorado ya les cerró la puerta en la nariz, cansado de que el gobierno pretenda ser el urólogo de la moral pública.

Para rematar la faena de este circo de anacronismos, se les ocurrió que era una idea brillante traer de vacaciones a Isabel Díaz Ayuso, la musa de la derecha madrileña, a darnos lecciones de historia. En un país donde el adoctrinamiento post-revolucionario nos hizo odiar a Hernán Cortés casi tanto como odiamos los lunes, la señora viene a engrandecer la figura del conquistador con la soltura de quien cree que todavía somos una capitanía general. El resultado fue un ejercicio de masoquismo político: en lugar de generar empatía, provocaron un sarpullido de rechazo que ni el talco más fino de la zona diamante podría mitigar. Traer a Ayuso para defender a Cortés en México es como invitar a un lobo a dar una conferencia sobre los beneficios de la dieta carnívora en un congreso de ovejas: una pifia que solo demuestra que en el PAN no solo no saben leer el presente, sino que tienen una habilidad asombrosa para tropezar con las piedras de hace cinco siglos.

En la política azul, la única evolución consiste en cambiar el modelo de la guayabera, porque las ideas siguen siendo las mismas que tenían los que esperaban a Maximiliano con flores en el muelle.

“No hay peor ciego que el que no quiere ver la realidad, ni asesor más pendejo que el que confunde el berrinche del patrón con la voluntad de la nación”.

El valiente de la línea y el calabozo tecnológico

Rafael “N”, ese estratega del terrorismo de barriada, (para intimidar al representante de la misma) acaba de descubrir que, en el Querétaro de la modernidad y el progreso, amenazar a un regidor por teléfono es un ejercicio tan seguro como intentar asaltar un banco usando una máscara con tu propio nombre bordado en la frente. Armado con la audacia que solo brindan el anonimato mal entendido y, sospecho, una estulticia digna de un personaje secundario de una farsa de pueblo, nuestro protagonista se dedicó a saturar la línea del regidor morenista Fernando Flores con promesas de desgracia, enviadas todas —¡oh, genio de la logística! — desde el mismísimo número telefónico. El fiscal, que para estas cosas se pone el traje de John Wick digital y despliega una “investigación tecnológica” que suena a satélites de la NASA pero que probablemente se resolvió con un simple identificador de llamadas, no tuvo más remedio que interrumpir la siesta del imputado. Ahora, Rafael duerme en prisión preventiva justificada, no tanto por ser una amenaza real a la seguridad del Estado, sino como un castigo ejemplar a su falta de imaginación: en la era de la inteligencia artificial, usar el propio celular para delinquir es una falta de respeto a la evolución humana y un insulto al presupuesto ministerial.

La justicia en Querétaro puede ser lenta, pero contra los pendejos que dejan huella digital, vuela con la velocidad de un mensaje de WhatsApp, habrá que ver que declara el angelito, no vaya a ser una auto amenaza.

“En el código penal de la vida, la estupidez debería ser un agravante que amerite cadena perpetua, pues un malvado descansa, pero un idiota es de tiempo completo”.

Como siempre, la mejor opinión es la suya. Yo solo les pido que no me crean a mí, sino que les crean a sus propios ojos; y si de plano no les gusta lo que aquí se escribe, ¡por favor, no me lean!

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